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LAS CONSECUENCIAS DE JUGAR AL MONOPOLY

“Enhorabuena, habéis apostado a la ruina de este país y habéis ganado”


El en otros tiempos más que interesante cine italiano nos sorprende todavía, muy de tarde en tarde, con una de esas obras en la nuestros primos hermanos vuelven a darnos muestra de su capacidad para introducirse en sus propias tripas y, además, hacerlo con elegancia narrativa, con fuerza dramática, con credibilidad.  En este sentido, una de las más estimables sorpresas del reciente cine italiano es sin duda El capital humano. Basándose en una novela del norteamericano Stephen Amidon, cuya historia se traslada a Milán, Paolo Virzì construye un intenso fresco sobre la crisis, no sólo económica, también moral, de Italia y, con ello, de toda Europa. La confluencia de dos familias, una riquísima y otra que quiere serlo, le sirven para mostrarnos la degeneración de todo un sistema - político, económico y social - , al tiempo que nos deja claro que toda crisis tiene sus víctimas. Y mucho me temo que, tal y como nos cuenta esta película, el momento crítico que atravesamos no solo ha provocado un aumento del número de víctimas sino que también, y es casi lo más dolorosamente paradójico, el mantenimiento en sus posiciones, incluso reforzadas, de quienes ya eran los poderosos. 

Mediante al acertado recurso de contarnos la historia a través de tres punto de vista subjetivos y finalmente uno objetivo, Virzì nos introduce en el perverso mundo de una burguesía que se resiste a perder su estatus, en la farsa de una vida social - la italiana, pero también podría ser la nuestra - en la que se confunden actores y personajes, en las costuras de un sistema en el que todo tiene un valor económico. Incluso la vida de un hombre. El capital humano se convierte así en moneda de cambio. Una más en un modelo donde lo que vale son las reglas salvajes del Monopoly. Los "poderes salvajes" que diría Ferrajoli.

Con la ayuda impagable de unos actores, y sobre todos unas actrices, en estado de gracia, la película nos muestra el declive moral de una sociedad en la que el horizonte ético es "tener" y no "ser". Un horizonte en el que, peligrosamente, estamos educando a nuestros hijos y a nuestras hijas, tal y como se nos muestra en esta historia. Unos chicos y unas chicas que vemos convertidos en dignos retratos de sus padres triunfadores, a los que detectamos conservadores y reaccionarios, que parecen solo tener en su vocabulario de ganancias el triunfo medido en términos capitalistas.

El capital humano acaba siendo pues, bajo su apariencia de thriller, un estupendo retrato del neoliberalismo que parece haberse convertido en la religión oficial de los príncipes y sus reinos. Un neoliberalismo que es capaz de arrasar con todo lo que supone cultura, belleza, inteligencia: ahí está la metáfora del teatro que es vendido para construir apartamentos. El teatro ha muerto, porque la vida en sí la hemos convertido en un teatro. Una comedia, o mejor dicho una farsa en la que ellos, los héroes masculinos, siguen representando el papel de protagonistas luchadores y triunfadores, los eternos proveedores, los que parecen no tener ni alma ni sentimientos, mientras que ellas parecen esfumarse en un segundo plano, el de las cuidadoras que asisten impertérritas al derrumbe del edificio, las enamoradas y las que siguen jugando a las cartas de las emociones. Ahí está el personaje que interpreta espléndidamente Valeria Bruni Tedeschi como prototipo de mujer que renunció a todo por seguir a su héroe y que acaba siendo una víctima más del sistema.

Ver El capital humano es la mejor manera de entender que toda batalla, y vivimos inmersos en una tremenda, tiene sus vencedores y vencidos. Lo amargo es que los vencedores de esta crisis brutal que nos hace más y más vulnerables acabarán siendo los mismos que la provocaron. Es decir, los que nos llevaron a la ruina son los que parece de nuevo que han ganado, tal y como sentencia el personaje de la Bruni frente a un espejo que le devuelve la imagen horrible de su fracaso.

Reportaje de EL PAÍS sobre El capital humano: http://cultura.elpais.com/cultura/2015/08/19/babelia/1439995377_368493.html



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