Ir al contenido principal

FEUD: LAS MUJERES MAYORES TAMBIÉN EXISTEN

En los últimos años, y desde el punto de la construcción de relatos, las series televisivas se están convirtiendo en un espacio mucho más plural y contemporáneo que el cine. No solo estamos disfrutando en la pequeña pantalla de productos excelentemente manufacturados sino que también tenemos la oportunidad de seguir historias que hacen visibles realidades habitualmente ignoradas por el cine comercial. Algo de lo que saben mucho las mujeres, no solo limitadas en cuanto a su papel protagonista en los oficios cinematográficos y en las mismas películas, sino también en cuanto a la presencia de su mirada sobre la vida y, por tanto, tan ausentes en los imaginarios colectivos. Una situación que se agrava cuando las mujeres llegan a una determinada edad que el mercado neoliberal no considera compatible con las expectativas de negocio. Un negocio que sigue marcado por el control sobre el cuerpo femenino, por la constante sexualización de la mitad de la Humanidad y por la cosificación de quienes solo parecen importar en cuanto objetos que son mirados por hombres.

En este sentido, han sido reiteradas en los últimos tiempos las reivindicaciones de las actrices que cuando superan una determinada frontera de años prácticamente desaparecen o son devaluadas a roles muy secundarios. Algo que no sucede con sus colegas varones que pueden continuar siendo maduros interesantes y galanes con canas. Este terrible drama es precisamente el núcleo de la estupenda serie que en estas semanas emite HBO con el acertado título de FEUD (disputa). En ella no solo asistimos al enfrentamiento de dos grandes del Hollywood clásico, Joan Crawford y Bette Davis durante el rodaje de la mítica Qué fue de Baby Jane, sino que lo que me ha resultado más interesante de esta producción televisiva es el acercamiento al drama que viven dos mujeres que cuando cumplen años son ignoradas por la industria, a las que se les niega una voz propia y que acaban siendo sufrientes esclavas de un orden patriarcal, en aquellos años avalado por los grandes estudios, en el que los varones todopoderosos crean productos en los que ellos desean y ellas son las deseadas. Un dualismo jerárquico en el que lógicamente cotizan poco o nada las arrugas y la experiencia de unas mujeres que en su momento cautivaron al público.
Disfrutar además de las enormes interpretaciones de Jessica Lange, en el papel de Joan, y Susan Sarandon, haciendo de Bette, otras dos grandes actrices maduras a las que el cine parece haber dado la espalda, es razón más que suficiente para no perderse esta disputa que nos alerta sobre la que debería ser una cuestión esencial del feminismo: el espacio y la voz que nuestras sociedades ofrecen a las mujeres cuando el mercado masculino y androcéntrico las expulsa a las afueras. Ese lugar en el que acaban todas las que ya no disponen de un cuerpo capaz de generar los deseos que los varones miramos, admiramos y pagamos. Ese, y no la rivalidad entre mujeres que tanto le gusta alimentar al patriarcado, es el tema central de Feud, una de esas series que ninguna persona cinéfila ni feminista debería perderse. Para continuar aprendiendo qué privilegios hay que desmontar y qué revolución queda por hacer.

PUBLICADO EN LA WEB DE CLÁSICAS Y MODERNAS, 28-4-17:
http://www.clasicasymodernas.org/tv-gafas-violetas-feud/

Comentarios

Entradas populares de este blog

RAFAEL HERNANDO: EL HOMBRE QUE NO DEBERÍAMOS SER.

Siempre que en algunas jornadas se plantea el interrogante sobre lo que significan las “nuevas masculinidades” – un término que a mí al menos me genera el rechazo propio de las etiquetas que no transcienden lo políticamente correcto y que en este caso incluso pueden seguirle el juego al patriarcado -, me resulta muy complicado precisar en qué consiste ser un hombre “nuevo”. Resulta mucho más fácil, como en tantos otros debates complejos, especificar lo que en todo caso no debería formar parte de un nuevo entendimiento de la virilidad, despojada al fin de lastres machistas y dispuesta a transitar por senderos en los que sea posible la equivalencia de mujeres y hombres. En este sentido, resulta tremendamente didáctico usar referentes de la vida pública para señalar justamente lo que no debería ser un hombre del siglo XXI. Un territorio, el de la vida pública, que todavía hoy está  casi enteramente poblado por sujetos que visten cómodamente el traje de la “masculinidad hegemónica” y que …

CARTA A MI HIJO EN SU 15 CUMPLEAÑOS

De aquel día frío de noviembre recuerdo sobre todo las hojas amarillentas del gran árbol que daba justo a la ventana en la que por primera vez vi el sol  reflejándose en tus ojos muy abiertos.Siempre que paseo por allí miro hacia arriba y siento que justo en ese lugar, con esos colores de otoño, empezamos a escribir el guión que tú y yo seguimos empeñados en ver convertido en una gran película. Nunca nadie me advirtió de la dificultad de la aventura, ni por supuesto nadie me regaló un manual de instrucciones. Tuve que ir equivocándome una y otra vez, desde el primer biberón a la pequeña regañina por los deberes mal hechos, desde mi torpeza al peinar tu flequillo a mis dudas cuando no me reconozco como padre autoritario. Desde aquel 27 de noviembre, que siento tan cerca como el olor que desde aquel día impregnó toda nuestra casa, no he dejado de aprender, de escribir borradores y de romperlos luego en mil pedazos, de empezar de cero cada vez que la vida nos ponía frente a un nuevo desa…

MEDEA, LA AMANTE QUE GRITA.

Medea es Aitana y Aitana es Medea. La actriz interpreta a la amante despechada, a la "mala madre", a la hechicera que es víctima de un mundo de hombres, con cada centímetro de su cuerpo: desde los dedos de los pies descalzos hasta el último cabello de su cabeza Aitana es Medea. Desde la dulzura del cuento se eleva al grito del drama y lo hace dejando que el cuerpo exprese todas las emociones. No solo la voz, sino también los brazos, las piernas, la espalda, el vientre, todo ella se hace mujer desgarrada para explicarle al público, ese coro silencioso, los argumentos de su dolor.
La Medea que, partiendo del texto de Séneca, ha hecho Andrés Lima es más mujer que mito y eso lo subraya Aitana Sánchez Gijón con una interpretación en la que se sitúa a una altura humana. A diferencia de la recreada por Plaza y Molina Foix hace un par de años en Mérida, y en la que Ana Belén parecía más que Medea una gran dama del teatro disfrazada de diosa, en esta puesta en escena nos encontramos c…